SEGUNDA MUERTE DE CELESTE MARTOS
Pero si algo me dolió, fue perder el laberinto de arbusto verde y amarillo, que no puede verse en la foto, porque está justo detrás del coche. Supongo que realmente no era gran cosa, y que el recuerdo está algo engrandecido por mis ojos de niña. Nos gustaba escondernos entre los pasillos de hojas que llegaban a la altura de la cintura de un adulto y que para nosotras eran murallas infranqueables entre las que nos perseguíamos guiándonos tan sólo por las risitas y grititos casi histéricos de nuestro juego, corriendo de un lado a otro para desembocar en las pequeñas plazoletitas con mesas y bancos de cemento y madera sobre los que nos encaramábamos para atisbar por encima del laberinto.
Sí que es rara esta foto, quizá, porque tiene eso que convierte una fotografía en una obra de arte, algo intemporal y que trasciende al observador, o puede que en realidad, no pase de ser mas que una foto común y corriente, y sólo yo puedo ver en ella el laberinto de arbusto y la antigua serrería envuelta en una nube roja de vapor y polvo de serrín, que con aquel sol de la tarde se quedó ardiendo para siempre en mi recuerdo, como Pacucha, y que ardía ahora en mi interior abrasándome el pecho y la garganta con furia dipsómana.
Salí de la cama llevando la foto en una mano y apoyándome en la muleta con la otra. Sin querer, arrastré enredada en mis piernas la sábana gastada que dejó al descubierto los genitales del durmiente que obedeciendo a una orden antigua y básica los cubrió recogiendo su carga en el hueco de la mano y continúo durmiendo.
Tomé el vaso blancuzco y rayado que descansaba sobre la repisa del lavabo y dejé que el agua estancada en las viejas tuberías corriese un poco con el fin de disipar el aroma dulzón como a hongos y tierra que siempre traía, lo llené hasta el borde, incluso dejé que rebosase un rato sobre mis dedos crispados, lo acerqué a mis labios y bebí hasta la última gota, tan rápido, que pasarían unos segundos antes de que pudiera sentir alivio a mi sed.
En el espejo encontré unos ojos que ardían con el mismo fuego que mi pecho y esperanzada busqué la huella del ángel, pero el azogue herrumbroso de humedad solo me devolvió sombras de charco acuosas y oscuras.
Apoyé la foto en la repisa y solté la muleta que cayó, quedando trabada entre el lavabo y la pared, amortiguado el golpe por su propio acolchado. Elevé el vaso hasta la altura de mis ojos en mudo brindis de perdedora y lo dejé caer sobre el lavabo, el culo grueso chocó contra el grifo y se partió en varios trozos afilados con un ruido seco y más metálico que cristalino.
Retrocedí hasta la puerta para atisbar al durmiente y comprobar que seguía inmerso en su sueño etílico. Tomé uno de los trozos del vaso y la sensación del vidrio afilado me hizo estremecer. Lo apoyé contra mi muñeca izquierda y me infringí un pequeño corte superficial y muy doloroso. La impresión denterosa del cristal en la carne me revolvió el estomago y comencé a temblar de asco y frío.
Jadeando, mientras intentaba recuperar el control, cerré los ojos y de un violento tirón rasgué el resto de la muñeca. La sangre brotó generosa cubriendo la piel de mi mano como un guante carmesí. Un leve temblor se apoderó de mi cuerpo, y el frío que había estado amenazándome, me envolvió como un sudario mojado y pegajoso haciéndome tiritar, aunque un sudor denso y salado perló mi frente escurriéndoseme entre las cejas, me entraba en los ojos como agua de mar que me cegó por un instante. Levanté la mano temblorosa y me la pasé por la frente que además de sudor quedo manchada de sangre. Torpe, pensé al mirarme en el espejo. Dejé el cristal sucio de sangre en el lavabo y elegí otro trozo de entre los más grandes; cortarme las venas de la mano derecha me costó bastante más. El cristal se tornaba resbaladizo de sangre, sentía como me hería los dedos sin lograr hacer más que cortes superficiales.